TORRES DE MARFIL

Míralos.
Son ellos.
Desde sus torres de marfil proclaman.
Míralos.
Te están llamando.

Te dicen cómo debes pensar,
Cómo tienes que ser,
Contra qué debes ir.

Te dicen qué es lo justo y moral,
Qué es el mal, qué es el bien
Qué criterios seguir.

Te indican qué no debes comprar,
Qué no debes comer,
Cómo debes vestir.

Te ordenan a quién debes votar,
Qué principios tener,
Qué ideal perseguir.

Te llaman.
Míralos.
Míralos y tiembla.

TORRES DE MARFIL

PUNTO DE VISTA

– Ante todo, debes tener en cuenta que todas las teorías que vuestra civilización acepta sobre el universo, su origen, las leyes que gobiernan lo que existe, y en general casi todo lo que consideráis axiomas acerca de la existencia y el destino de la vida, son vistas por nosotros de la misma forma que vosotros veríais las disertaciones de un filósofo o un sacerdote de la edad antigua, todos esos que se dedicaban a discutir sobre lo mismo dos mil quinientos años atrás. Y para nosotros, a la vez, todas poseen elementos que las hacen irrefutables en su contexto.

“¿Qué pensarías si te dijera que 3.000 años atrás la tierra era plana y estaba rodeada por un océano inmenso que la delimitaba por todos los sitios? En esa época, el sol y la luna no eran sino carros brillantes conducidos por dioses, que marcaban el paso de las horas y los días. Existían estaciones, simplemente porque a cierto dios con tendencias antisociales un día se le ocurrió secuestrar a la hija de la diosa de la agricultura para que le hiciera compañía en su mansión de las afueras. Y todo era real, y aceptado… O más bien, era real porque era aceptado, y lo fue hasta que la gente cambió de opinión.”

“La realidad cambió gradualmente porque la humanidad, simplemente, decidió creer en otra cosa. Las brujas y los demonios poblaban los bosques y las zonas poco transitadas en la Edad Media en Europa, hasta que fueron exterminados por las mismas personas que las crearon para alimentar la fe en sus creencias, fe a la que por otra parte dieron la espalda gradualmente, matando a sus dioses en el proceso. Los aventureros que partieron hacia el Oeste en el Renacimiento fueron capaces de crear todo un mundo paralelo listo para ser dominado, y lo poblaron de todo aquello que necesitaban: desde indígenas incautos que se dejaban estafar en el intercambio de bienes, hasta un catálogo completo de nuevos alimentos prodigiosamente energéticos, con los que acabar con la hambruna que asolaba algunas partes de Europa. Incluso crearon poderosos imperios que derrotar: donde un comerciante como Colón encontró indios que se pirraban por las baratijas de cristal, herederos de la Reconquista como Pizarro y Cortés encontraron poderosos enemigos listos para el saqueo y la gloria. ¡Por no hablar de los lugares legendarios! ¿Y las riquezas? ¿No te parece curioso que, durante los años de la colonización de América, siempre surgieran montones de recursos valiosísimos dispuestos a ser recogidos por cualquiera lo suficientemente osado para emprender la aventura?”

“Los humanos hemos creado y matado dioses, dragones, monstruos, seres de una belleza sin par, planetas y estrellas, materia y energía. Entre todos, hacemos que lo que un día es imposible, misterioso o desconocido, al año siguiente simplemente es. Y todo eso lo logramos gracias al consenso, que es la fuerza primordial en resumen. Primero imaginando, después creyendo, y finalmente aceptando que es real. Nuestra consciencia colectiva es el verdadero motor universal. Nuestra capacidad de creernos lo que nuestras mentes inventan, el Creador. Y ¡por supuesto que todas vuestras creencias en el momento actual sobre todo lo que existe son correctas! Nada puede viajar más rápido que la luz, ni a través del tiempo… Al menos, hasta que haya un consenso que lo modifique. Pero para eso aún tendrán que pasar décadas.”

– Tío, si no estuviera totalmente puesto te diría que estás como una cabra.

Jurgaghan S. Arslan, viajero temporal y pionero científico de un mundo al borde del colapso, respiró aliviado.

– Es totalmente necesario que sea así, Charles. De ello depende mi propia existencia en este momento.

 

PUNTO DE VISTA

Elegido

Desde pequeño, él sabía que estaba destinado a algo grande. No era como los demás: él era más listo, más único, más importante. Se había educado con historias de dragones y reyes, de misteriosos magos y espadas encantadas, héroes y princesas, mientras los chicos de su edad aún tenían problemas para juntar la eme con la a. Conocía las historias de reinos antiguos, plagados de tesoros y leyendas; sabía el nombre y el comportamiento de los animales y plantas de su alrededor; era bello, fuerte, bueno. Era el chico perfecto.

Su destino, predijo, le llegaría en el momento menos esperado, así que empleó su tiempo en prepararse para la tarea. Ejercitó su cuerpo y su mente, aprendió varios idiomas y absorbió cualquier conocimiento que considerara útil en sus futuribles. Se convirtió en un atleta, ducho en la pelea, si bien todas esas artes eran de escasa trascendencia en su mundo civilizado. Pero él insistió: nunca se podía saber la tarea que su destino heroico le tenía reservado.

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Cuando cumplió los treinta ya había abandonado toda esperanza, su futuro truncado por montones de conocimientos y vivencias inútiles en su tiempo y lugar. Optó por dejarse ir: las sustancias que aquel hombre de tez morena le proporcionaba le hacían creer de nuevo en mundos de fantasía, en empresas heroicas y gestas por resolver, al menos por unas horas. Alguna vez acabó visitando el psiquiátrico porque sus visiones se le iban un tanto de las manos. Comenzó a experimentar temblores en sus extremidades por los daños neurológicos, pero seguía forzando su organismo por esos instantes en los que todo parecía tener sentido para él. Perdió su trabajo en la pizzería, y con ello su casa, sus bienes.

El cáncer le alcanzó pasados los treinta y cinco. Demasiado alcohol, demasiados fármacos, demasiada dieta basura: su hígado estaba a punto de reventar. Sólo dos meses más, unos días después de su treinta y seis cumpleaños. Se le había escapado la vida por creer en cuentos de hadas. ¡Qué estúpido!¡Qué absurdo! ¡Qué desperdicio!

Entonces apareció aquel jodido elfo con la espada y la corona.

Elegido

De precipicios y otros

Encontré al hombre en el borde del precipicio, mientras evaluaba la distancia hasta el otro lado. Sopesé lo duro de la caída si fallaba, y los pasos que tendría que retroceder para tomar impulso. Me acerqué y le dije:

– Se da usted cuenta de que, si intentara saltar al otro lado y no lo consiguiera, la caída seguramente le causaría daños gravísimos, puede que mortales, y que está claro que, si sobrevive, nunca volverá a su estado anterior. Un percance de ese calibre causa daños permanentes, y eso sin saber lo que habrá ahí abajo. Puede que pasaran meses antes de que pudiera trepar hasta la superficie, y eso si lo consigue y no muere en el fondo del precipicio, cosa que parece más que probable.

precipicio
El hombre me miró a los ojos y habló

– Cuando nos encontramos con un obstáculo en el camino, sólo podemos atravesarlo, o no avanzaremos jamás. No podemos volver atrás, y a veces no existen otras opciones. Sólo resta retroceder para coger impulso y saltar. Podría volver a donde comencé y quedarme allí, pero ¿para qué? ¿Qué habría aportado mi vida, qué diferencia habría marcado? O podría escoger un camino diferente que recorrer, pero, cuando me encontrara ante un precipicio como el tenemos delante, ¿me volvería atrás de nuevo? Y además, siempre me quedaría con la impresión de haber podido recorrer este camino un poco más. No sabemos lo que hay mas allá, está cubierto de niebla. Puede que detrás de esta niebla haya un precipicio más largo, y después otro más profundo, y otro… Puede que llegue un momento en el que no pueda hacer otra cosa que precipitarme al vacío. O puede que encuentre cosas diferentes. Puede que encuentre compañía, puede incluso que encuentre un bonito bosque donde construir mi casa al borde del camino y vivir allí hasta el fin de mis días. Pero esas cosas solo le pasan a otros, ¿verdad? Claro que… ¿qué sabemos nosotros de los caminos que ellos han tenido que recorrer para llegar hasta donde están?

– ¿Y que esperaría encontrar cuando decida de caminar? – pregunté

El hombre me sonrió y me dijo:

– Cuando deje de caminar, espero haber llegado al final del camino.

Me saludó y saltó hacia la niebla. Se marchó por su propio camino, ese que únicamente podía seguir él mismo. Y ahí quede yo delante de mi precipicio una vez más, calculando mi carrerilla para el salto.

De precipicios y otros