Espada de Elfo

Bill Espada de Elfo limpió el líquido negruzco que manchaba la hoja de su arma en el cadáver del troll. Había sido una noche realmente dura.

El primero cayó fácilmente en la emboscada, según el plan. Un virote de ballesta en la sien cuando la mole se irguió al salir de su cueva, y una acometida posterior por la espalda para rematarlo, hicieron el trabajo rápido y eficiente: para eso Bill era uno de los cazadores de bestias más solicitados de todo Rhudaur. Pero Bill no había previsto el segundo troll. Nadie había dicho nada de un segundo troll.

Y, además, este fue un adversario digno de un buen relato de taberna en toda la cuenca del Fontegrís. La criatura era ligeramente más pequeña de lo que se suele ver en las Landas de Etten en lo que a trolls se refiere, pero era tan fiero como un león de montaña acorralado. Y además era jodidamente listo. Atacó en silencio, con instinto depredador, desde una galería lateral, mientras Bill buscaba entre los desperdicios algo que vender al buhonero. Si el arma que encontró en aquel viejo túmulo no hubiera cosquilleado en su mano, Espada de Elfo estaría calentando las tripas de su enemigo.

Ambos pelearon de forma desesperada, en un espacio mínimo, las garras y la hoja de metal sacando chispas de las paredes de la cueva, los dos luchadores gritando como animales salvajes, presas del pánico y la furia, hasta que el metal élfico hizo manar la sangre negruzca del cuello pétreo y gris. La bestia tapó la herida con su garra izquierda mientras retrocedía por la galería, esquivando y contraatacando con su derecha, incapaz de detener los ataques de la espada. Finalmente cayó, su torso y sus piernas heridas y sangrantes, y Bill atravesó su corazón con su hoja.
El cazador se recostó en la pared de la cueva y se deslizó hacia el suelo respirando trabajosamente, dejando que la humedad de la pared lo refrescara. Unos metros atrás, su escudo destrozado y los jirones arrancados de su cota de malla daban prueba de la dureza de la contienda. Una profunda herida del hombro al codo teñía su tabardo de rojo. El resto de ataques del troll parecían no revestir gravedad, aunque tendría que acabar con sus reservas de licor para aliviar sus dolores, y probablemente se despertaría cubierto de moratones. Su espalda le recordaba que quizás había ido mala idea rechazar el trabajo de ayudante del molino del viejo Wat. Pero tenía dos cabezas para el patricio Aglarân en el Ángulo, y sus ovejas tendrían una zona de pasto libre de amenazas por un tiempo. Además, Bill había ganado una historia que le valdría una buena cantidad de rondas, y una recompensa que le permitiría tener posada, comida, y las atenciones de Hilo de Plata durante todo el invierno.

De repente, le sorprendió el torpe anadeo de una figura afanándose por salir de la cueva. Tenía el tamaño de un enano, y se movía torpemente de lado a lado de la galería. Al llegar a la zona iluminada, Bill se sobresaltó al ver su piel gris y sus enormes ojos lechosos con pupilas negras profundas como los lagos subterráneos. El bebé troll se acercó al cuerpo cubierto de heridas de su madre buscando su calor e intentando despertarla. Tras unos tensos instantes, se acurrucó junto al cuerpo de su madre muerta y emitió un penoso llanto agudo que hizo latir la cabeza de Bill Espada de Elfo.

Las tres cabezas de troll rebotaban rítmicamente en la grupa de Camarada mientras Bill el cazador de trolls silbaba una tonada procaz. Espada de Elfo tendría un buen invierno, y, ¡quién sabe! quizás alguno de los ricos de la zona tuviera una recompensa digna del contrato de propiedad de Hilo de Plata antes del fin del otoño.

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