ABDUCCIÓN

Se desperezó y salió de su camastro en dirección a la sala común. Las criaturas que lo secuestraron de niño y lo esclavizaron de por vida ya estaban allí. Se acercó a su bandeja y una de aquellas gigantescas y repulsivas formas de vida le sirvió su ración: un compuesto alimenticio seco y nada atractivo, insípido, pero nutritivo. Su maná. Mientras comía, una de las criaturas se acercó de forma lenta y ruidosa para atraparlo con su extraña mano: lo vio, y corrió a esconderse, a escapar. No le gustaba cuando conseguían cogerlo: le humillaban, lo tocaban sin su permiso en sitios donde no le gustaba que lo hicieran. Era algo malo, él lo sabía, aunque nadie se lo había dicho.

Su vida se había convertido en un infierno desde el día maldito en el que, siendo aún un niño inocente y travieso, una de esas cosas grotescas lo capturó. Aún recordaba las sensaciones: la alegría de ese paseo por la arboleda con su madre y sus hermanos bajo el sol de la mañana recién empezada. Las gotas de rocío helado brillando en las agujas de los pinos al salir de su casa en medio de la naturaleza. Los paseos cercanos al río, en busca de algo que pescar, o de libélulas que perseguir con sus hermanos. La sensación de poder, de independencia, de pertenencia. Saber que esa es tu casa y que nada puede hacerte daño, porque conoces todo y todo es tuyo, te pertenece y perteneces al todo. Y entonces vio a la criatura acercándose.

No se parecía a nada que hubiera visto antes. Era anormalmente alta y corpulenta, y se desplazaba por el suelo de una forma similar a las aves. Llevaba los pies y el cuerpo cubiertos de una especie de piel de tacto extraño, irregular en forma y en color, distribuida de forma completamente caótica a lo largo y ancho de su ciclópeo organismo. Carecía prácticamente de pelo, salvo una mata anormalmente larga que crecía en el espacio que había entre las orejas, redondas como las de los ratones, pero demasiado rígidas y separadas entre sí. Su olor pestilente no se correspondía con nada de lo que él había conocido en su corta vida.

Elevando la mirada, pudo adivinar la parte más horrible de su figura con más detalle. La criatura poseía una especie de cabeza en lo más alto de su anatomía, separada del cuerpo por un largo y fino cuello. Su cara era anormalmente plana y redonda; sus ojos, grandes, pero de pupilas pequeñas, y de un color apagado, sus órbitas brillaban con un color azul plateado. Sus labios morados se retorcían en rápidas muecas improbables, imposibles de hacer por nada de este mundo que el pobre niño conociera.

La criatura (con el tiempo comenzó a distinguirlos y supo que era una hembra joven de la especie) se le acercó emitiendo unos sordos chillidos agudos. Con los años, se arrepentiría casi a diario de no haber huido en ese preciso momento a algunos de los escondites que tenía en los alrededores, o de no haber pedido ayuda. Pero el miedo y el asombro lo tenían paralizado, mirando hacia arriba, hacia esos ojos de órbitas metálicas y esos labios grotescos, esos esfínteres morados que se retorcían y retorcían en curvas imposibles, que se abrían y cerraban emitiendo sonidos ininteligibles. Ni siquiera pudo llegar a moverse cuando la criatura lo atrapó con una de sus gigantescas manos, tan grandes como todo su cuerpo, con los dedos extendidos en todo su perímetro como las ramificaciones de una raíz.

Lo llevaron a un artilugio metálico enorme, de vivos colores, y lo arrojaron a su interior. Aquel cacharro hacía un ruido infernal mientras se desplazaba a una velocidad enorme. Se acurrucó en el suelo del habitáculo escondido bajo uno de los gigantescos asientos, gimiendo y llorando por su infancia arrancada, por el miedo, por la desesperación de la soledad, por el desarraigo forzado. Por su madre y sus hermanos, a los que nunca volvería a ver, salvo en sueños, aunque eso aún no lo sabía. Ahora era un esclavo.

Las criaturas experimentaron con él. Lo marcaron. Lo castraron. Le administraron drogas. Le instalaron implantes en su cuerpo. Lo debilitaron. Lo encerraron. Lo alimentaron día a día con algo que no procedía de nada que él conociera y que sabía a rayos, pero que lo mantenía vivo. A veces, su cuerpo lo rechazaba, y las criaturas volvían a experimentar con él, volvían a inyectarle sustancias, y en ocasiones, le daban algo de carne de dudosa procedencia y otros alimentos similares.

Durante los primeros meses, estaba demasiado asustado para hacer nada más que permanecer entre las paredes del refugio en el que convivía (a falta de otra palabra mejor) con sus secuestradores. Salvo por los experimentos médicos, no parecían mantener por él mucho más que un interés casual que se fue diluyendo progresivamente con el tiempo. Al principio resultaba muy agobiante (la humillación de ser utilizado como una marioneta contra su voluntad era lo peor de todo), pero, poco a poco, parecieron perder el interés. Con el tiempo, decidió escapar: sus captores, conocedores de que había desarrollado un cierto pánico a abandonar el habitáculo, le permitían en ocasiones ciertas libertades en su perímetro. Pronto descubrió que esa libertad también era ilusoria: a la barrera que separaba el habitáculo de su perímetro, le seguía otra que lo separaba del exterior, permanentemente cerrada a él. Y más allá, ¡quién sabe! Desde las ventanas del habitáculo sólo podía verse un mar de edificios rectos y grises, que apuntaban al cielo y se extendían más allá del horizonte. Su mundo y sus esperanzas de libertad ya habían quedado demasiado lejos. Ahora les pertenecía.

Por la noche soñaba con sus seres queridos. Con su madre, protectora e independiente. Con sus hermanos, malencarados y cariñosos. Con sus paseos por el bosque brillante de rocío, jugando sin parar, viendo a su madre pescar con las manos, persiguiendo mariposas, jugando con sus hermanitos. Disfrutando de la vida. Pero el niño se hizo adulto, y toda su esencia quedó anulada, salvo en esos largas pausas en las que sus amos lo ignoraban – realmente, nunca entendió por qué lo capturaron: en conjunto, no parecía haber otra intención en su captura que el hecho de apresarlo y mantenerlo prisionero, y no tenía ningún tipo de tarea en el habitáculo ni en la sociedad de sus captores, más allá de servir de juguete accidental -. Era en esas pausas en las que dormía y volvía a ser él, el niño.

Y era en esas ocasiones, al recordar la pérdida y la humillación, en las que se decidía a atacar a sus captores. Sí, eran demasiado altos y fuertes para él, pero su cólera, su indignación, eran incontrolables. Y sí, siempre acababa mal. La mayor  parte de las veces, las criaturas emitían sonidos de advertencia. Si era lo suficientemente insistente, podían llegar al castigo físico. En algunas ocasiones lo llevaron a una sala de aislamiento, donde lo mantuvieron a oscuras durante demasiado tiempo. Solo, en silencio, sólo él y sus miedos.

Un día, descubrió que había otros de su especie. Los veía por la ventana, ocultándose en los rincones de las inmensas columnas grises donde vivían las criaturas. Parecían haber escapado, y, tras un tiempo, vio con sorpresa que algunos de ellos tenían sus propios niños, pequeños seres libres en un mundo de esclavos y fugitivos. Los miraba y les deseaba lo mejor en secreto, con una punzada de dolor por la certeza de que él jamás podría tener descendencia. En algunas ocasiones, alguno de sus congéneres era descubierto y atrapado, y desaparecía para siempre, porque este mundo no albergaba ninguna esperanza para aquellos que no pertenecían a él.

Con el tiempo, finalmente, se resignó. Perdió sus ansias de libertad y se acomodó. Al fin y al cabo, disponía de alimento y cobijo; sus captores, aunque molestos a veces, no solían prestarle demasiada atención, y, con el tiempo, comenzó a ver ese habitáculo gris como su casa, su mundo, su dominio. Empezó a tolerar y a desarrollar cierto cariño hacia los seres que habían roto su vida en pedazos, y comenzó a acompañarlos en sus actividades en el habitáculo. Comenzó a quererlos, a relativizar el hecho de su vida arrancada de raíz, de los experimentos científicos, de su aislamiento. Se acercó a ellos y les agradeció haber vendido su dignidad e identidad por un plato de comida repulsiva al día.

“Miau”, dijo

“Oh, qué lindo”, respondió la hembra joven

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