Afterlife (primera parte, pendiente de revisión)

– Imagino que te encontrarás un tanto confuso – dijo la mujer, mientras Áyax se sacudía el traje. Estaba siendo un día realmente raro.

En sólo unos segundos había pasado de la pura desesperación de quien cree haber perdido todo impulso vital, a la liberación de quien conoce su muerte segura, arrojándose al vacío desde la vigésima planta de la sede de su empresa. Y, un instante después, al abrir los ojos, la confusión de quien se encuentra en un prado verde, la brisa sobre su cara, gentes de todo tipo pasando un día en el parque… y entre ellos, una mujer madura de aspecto mediterráneo, vestida con un traje ligero pasado de moda, tratando de hablarle.

– No lo entiendo – respondió el hombre – Yo estaba… hace un momento… ¿Alguien puede explicarme qué coño pasa?

– Bueno, tampoco hay que ser un genio para entenderlo. Estás muerto, como todos aquí.

– No me noto muy muerto, si me permites la apreciación. – dijo el hombre, tras comprobar que era, de alguna forma, material. Su forma era perfectamente definida, tal y como él se veía: de estatura media, unos cuarenta años de edad, pelo y ojos castaños, y nada especialmente destacable, salvo quizás sus manos: esas manos que siempre le habían parecido hermosas y que ahora, en su “cuerpo ideal” brillaban aún más.

– Bueno, supongo que no es lo que uno espera, eso está claro. Realmente no es mucho cambio, ¿verdad? De hecho, es lo mismo: sigues viendo, oyendo, oliendo… y sigues siendo tú, al fin y al cabo. O, mejor dicho, la idea que tú tienes de ti mismo. Seguro que Platón flipó bastante cuando vio todo esto. Ese jodido viejo griego vendedor de humo… Seguro que esto no se lo esperaba, je.

– Espera. Tú eres… ¿realmente eres…?

– No digas tonterías. ¿Realmente crees en todos esos rollos? ¿Aun ahora? ¿En serio? Joder, lo de las personificaciones atropomórficas está un poco pasado de moda, ¿no crees? ¿Y qué más, esperas al de los cuernos? ¿O eres más del estilo budista? Lo creas o no, esas mierdas ya sobran cuando estás aquí. Porque esa es la clave. Siempre estás aquí, y siempre es ahora. El hecho de estar muerto es un tanto secundario, como podrás entender. Y aquí y ahora, estás tú, estoy yo, y está todo el resto de pobres diablos que ves por aquí, desde siempre y para siempre, supongo. O no. Como si eso importara, realmente. – dijo sardónicamente ella, mirando al hombre con una expresión condescendiente que le hizo sentir inmediatamente incómodo.

– Vale, lo que tú digas. – respondió – Imagino que tampoco seré el primero en sentirse un tanto fuera de lugar en esta situación. Entonces, ¿todo es mentira? ¿La reencarnación, el cielo y el infierno… todo?

– Por supuesto que no. Todo es verdad. Hasta lo más descabellado que se te ocurra. ¿Has oído la historia del griego que tiene que empujar una roca enorme cuesta arriba, o el que está encadenado y un águila se come sus higadillos? Definitivamente hay cosas peores que aburrirse en este prado. El secreto – dijo la mujer, con el tono de quien cuenta un cotilleo o un secreto a voces – es creértelo. Pero nosotros ya llegamos un poco tarde a esa parte. O lo haces toda tu vida, o al final te quedas en algún sitio insulso como este. Así que, ahora mismo, podrías estar volando como todos esos estúpidos de ahí arriba, o quizás disfrutando de la compañía de setenta y dos vírgenes como el tío Ahmed, o nadando en un mar de vísceras azules con sabor a piruleta, como un esquizofrénico que vino hace… bueno, que vino, el tiempo aquí no es demasiado importante. Pero no, decidiste no creer en nada. Así que ahora te jodes. ¡Con la cantidad de cosas chulas que tenías para pensar en la otra vida, y eres tan soso que jamás has pensado que podía haber algo más! ¿Y además vas y te suicidas? ¿Terminas voluntariamente con todo lo que crees que tienes por… problemas? ¿Eres gilipollas? – le espetó la joven ante la confusa mirada de Áyax – En cualquier caso, aquí estás y ya no se puede hacer nada para volver atrás, así que habértelo pensado mejor. Por cierto, soy Esther. Encantada.

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Afterlife (primera parte, pendiente de revisión)

DESARROLLO EFICIENTE – versión definitiva

“La población, sin restricción, se incrementa en proporción geométrica. La subsistencia sólo se incrementa en proporción aritmética.” – Thomas Malthus

α

S. despertó aquel día a su hora de siempre. Después de asearse y realizar sus servicios religiosos matutinos, se vistió y dejó su cubículo en dirección a la Oficina Social del Sector Noroeste. Su bloque estaba bastante vacío: en unos días, seguramente, los nuevos inquilinos vendrían a ocupar sus departamentos habitacionales estándar, con todo lo necesario para una vida de calidad en el espacio idóneo, convenientemente estudiado por el Departamento Estatal de Construcción. Décadas atrás, la escasa racionalización de los recursos disponibles había provocado la Gran Catástrofe: el hambre y las guerras por los recursos básicos de supervivencia habían encendido la mecha; el atraso tecnológico y las plagas habían acabado el trabajo; como resultado, en un espacio de cinco años la sucesión de calamidades globales provocó miles de millones de víctimas, además de la extinción de más de la mitad de las especies de la Tierra. Sin embargo, el esfuerzo conjunto de la Humanidad consiguió activar el cambio necesario para la supervivencia de la especie en un mundo cuyos recursos, despilfarrados durante siglos, habían llegado a unos niveles límite para la supervivencia. Se hicieron cambios radicales no exentos de conflicto y se produjeron muchos sacrificios, pero, finalmente, los Líderes optaron por la solución más eficaz. Y la vida siguió su curso, desde las Especificaciones de Desarrollo para el Óptimo Funcionamiento del Sistema.

Ahora, S. tenía el privilegio, tras la catástrofe, de vivir en un entorno completamente planificado. Mientras paseaba de camino a su cita, S. se regocijó en el orden con el que el nuevo mundo había sido construido. Contempló las amplias avenidas sin pavimentar, libres de vehículos que tanto daño habían provocado al ecosistema en los siglos anteriores. Varias hileras de Complejos Habitacionales, construidos en ladrillo cocido de la propia arcilla del terreno, servían como alojamiento de los ciudadanos, distribuidos por el Sistema en cubículos individuales cercanos a sus zonas de actividad. Exactamente cada veinte metros, árboles frutales generaban sombra, alimento y biomasa para la comunidad: sus propios restos eran procesados como nutrientes para los cultivos o los propios árboles, al igual que el del resto de cultivos y animales del Sector. El agua, ese recurso tan preciado como escaso en estos tiempos, les era provisto artificialmente en la cantidad justa para su máximo rendimiento. Fuera del Complejo Noroeste, en la zona no residencial del Sector, se encontraban los Segmentos Agrarios, en los que el ganado y las tierras de cultivo, que tradicionalmente habían seguido ese mismo proceso de reciclaje de materia orgánica, habían optimizado dicho proceso al máximo. En todo el Estado sólo existían ya seres vivos útiles para el Departamento de Optimización de los Recursos Nacionales

Todos los Proveedores Naturales de Recursos, vegetales y animales, eran genéticamente idénticos, creados por clonación a través de un individuo perfecto, y desarrollados de forma inteligente durante toda su trayectoria vital, buscando la máxima eficiencia desde el punto de vista económico y ecológico. Igual que S. Igual que todo.

La diversidad en el mundo se había demostrado errónea: la diversidad traía desigualdad y la desigualdad, conflicto. Fue necesario un esfuerzo moral y científico extraordinario para diseñar el genoma del individuo que perpetuaría la especie, un ser asexuado, con un metabolismo basal bajo, de tamaño pequeño, e intelectualmente inclinado a la colaboración y la obediencia, y resistente al proceso de gestación por ectogénesis. Sólo así se evitaría el cataclismo demográfico. Tras varias décadas de desarrollo, sólo un patrón humano genéticamente idéntico – salvo por pequeñas adaptaciones en el genoma encaminadas a un mayor rendimiento en las tareas programadas para la trayectoria vital del individuo – sobrevivía. El Homo Efficax, como sus antecesores Sapiens lo habían bautizado.

Y, con una configuración biológica eficaz, se generó la necesidad de una sociedad igualmente basada en la eficacia. La vida de S. estaba marcada por los procesos: todos los días debía comenzar su Fase Productiva a la hora estipulada, marcada en su genoma como parte de su diseño individual: en su caso, las siete de la mañana. Durante esa Fase, realizaba sus tareas comunitarias – en su caso, como desarrollador de fármacos: recibió una Mención de Honor por parte del Departamento de Salud Pública por sus ideas para la mejora del Supresor del Instinto de Supervivencia, una sustancia de consumo obligatorio para los Obsolescentes – y, al finalizar su jornada, regresaba a su cubículo para el consumo de nutrientes diario – una papilla sabrosa con todo lo necesario para mantenerse productivo, incluyendo nutrientes y fármacos para la mejora del rendimiento – y, exactamente a las ocho de la tarde, su cuerpo entraba en Fase de Ahorro de Energía. Casi todo el trabajo en el Sector era llevado a cabo por los ciudadanos: la maquinaria se había mostrado costosa, ineficiente, y un enorme despilfarro de recursos, si bien era necesaria en trabajos pesados en los que las herramientas tenían una eficacia limitada.

No había necesidad de entretenimiento, menos aún de actividades físicas (más allá de los Ejercicios Obligatorios para el Mantenimiento de los Niveles Adecuados de Salud) ni intelectuales: desde el descubrimiento del Dosificador Voluntario de Dopamina, no existía la necesidad de estímulos externos para el placer: todos los ciudadanos eran libres de gestionar sus secreciones de la hormona del placer en su sistema nervioso central, dentro de los parámetros estipulados por el Departamento de Salud Pública. Al fin y al cabo, mientras los hombres del pasado necesitaban de elementos como el amor o la fascinación, el impulso sexual o los sentimientos, S. sólo tenía que pensar en su palabra clave – Eudokia, una serie de sonidos sin sentido – para experimentar todo el placer que podía contener la vida entera de un Sapiens. Así, todo lo superfluo era eliminado, y sólo lo eficiente permanecía por el Bien Común. En cualquier caso, la falta de necesidad no suponía necesariamente que un ciudadano no pudiera libremente disfrutar de las Unidades de Conocimiento Autorizadas, o que pudiera mostrar cualquier Manifestación Emocional Socialmente Aceptable, por supuesto.

 

β

En la oficina 117 del Departamento Social del Sector Noroeste no había nada que resultase extraño a S. Dos sillas, idénticas a las de su laboratorio, fabricadas con el mismo polímero respetuoso con el medio ambiente que la sobria mesa blanca y cuadrada que ocupaba la mitad del despacho. Detrás de ella, un funcionario del Departamento Social, V-00011256, unos diez años más joven que S. Dentro de los Parámetros de Libre Elección de Arreglo Personal Autorizados, V. llevaba una larga trenza y los labios pintados de rojo. También observó que había optado por un color verde intenso para sus ojos, el mismo color del que llevaba teñida una discreta perilla. V. descargó un expediente en su dispositivo individual e invitó a S. a sentarse.

– Ciudadano S-00013452, ¿verdad? – inquirió V., con la monotonía en su voz de quien ya sabe la respuesta a su pregunta. – Permítame felicitarlo por su cuadragésimo cumpleaños. Es para mí un honor transmitirle la simpatía del señor Iordanescu por el conjunto de su trayectoria vital. Ha demostrado ser un miembro útil para el Sistema.

– No he hecho más que cumplir con mi deber – respondió S. En su cara brillaba un atisbo de orgullo, dentro de los Parámetros Socialmente Aceptables para las Manifestaciones Emocionales: había dedicado su vida y su trabajo al Sector y a su Líder, Catalin Iordanescu, del que era ferviente seguidor, dentro de los parámetros especificados en la Reglamentación de Libertad Religiosa del Sector Noroeste. Y, al parecer, el Líder había tenido a bien iluminarlo con su Gracia el mismo día que su trayectoria vital llegaba exactamente a los cuarenta años.

– Permítame decirle, entonces, que nuestro Líder tiene un mensaje para usted, y que desearía comunicárselo personalmente. Por favor, diríjase al Despacho 001, en el Subsótano B. Lo esperan ansiosos.

S. descendió hacia los niveles subterráneos del Departamento Social, al corazón del Sistema, en el que los Líderes guiaban a los ciudadanos hacia la regeneración mundial y el Mañana Mejor. Catalin Iordanescu era la cabeza del culto a los Líderes en el Sector Noroeste: algunos, como S., habían sido autorizados a venerar a los Líderes como los dioses de los que hablaban las Unidades de Información de la Antigüedad; uno de los pocos elementos no del todo racionales y puramente individuales que su sociedad ordenada se permitía a sí misma (junto con los Parámetros de Libre Elección de Arreglo Personal Autorizados, y los Destinos Elegibles de Vacaciones). Allí, una serie de pantallas vigilaban cualquier Perturbación del Correcto Funcionamiento Social en el Sector Noroeste, así como posibles Intrusiones Inesperadas de los No Civilizados, elementos degradados de la especie humana que aún sobrevivían en zonas ocultas del Sistema, negándose a aceptar el Irrevocable Avance del Crecimiento Eficiente, que abogaba por su extinción como seres vivos obsoletos y ajenos al Sistema. Era una actitud incomprensible, ya que los fallos en el Sistema podían desencadenar una catástrofe global, lo que consistía un factor de riesgo inasumible para la supervivencia de la especie.

Sin detenerse, se dirigió con paso vivo a las grandes puertas de bronce del Despacho 001. Una vez allí, presentó sus credenciales en el terminal de entrada, y las puertas se abrieron para él. Dentro se encontraba el rector máximo del Sistema. Su Líder. Su Dios.

 

 

γ

La falta de luz fue lo primero que advirtió S. cuando las puertas de bronce se cerraron. En el interior de la sala, tan sólo había un voluminoso sillón de color rojo, y, a pocos metros de él, un arcón de madera bastante antiguo. Una pantalla rectangular al fondo de la sala iluminaba levemente la estancia y, en ella, aparecía la imagen del Líder, Catalin Iordanescu, uno de los salvadores de la Humanidad.

Iordanescu parecía bastante desmejorado. Hacía tiempo que, de no pertenecer a los Líderes, habría pasado por el proceso de Obsolescencia. Llegados los sesenta años, todo ciudadano dejaba su sitio en el Sistema para que éste pudiera renovarse. Todo era llevado de forma eficiente: el ciudadano era sacrificado por el bien del Sistema, y sus restos eran incorporados a la biomasa y al batido diario de nutrientes. Nada en el Sistema se malgastaba; nada se despilfarraba inútilmente. Sin embargo, los Líderes, preparados para guiar a los ciudadanos y encabezar los avances del Sistema, estaban fuera del proceso de Obsolescencia, y su vida era preservada a la vez que venerada. El Líder no pertenecía, en realidad, a la misma especie que S.: sus rasgos afilados, su porte fibroso y sus ojos inyectados en sangre lo identificaban inmediatamente como miembro de la especie precursora del Homo Efficax.

– Por favor, tome asiento, ciudadano S-00013452 – escuchó decir a Iordanescu desde el altavoz del terminal. S. se sentó obediente y silencioso en el sillón, que le pareció sumamente cómodo. En la sala sólo se escuchaba el rumor de la estática del terminal.

– Ciudadano S-00013452 – prosiguió el anciano líder – a lo largo de su trayectoria vital, usted ha contribuido al Sistema con varios avances que han mejorado su eficiencia, de los cuales sus mejoras sobre fármacos como el Supresor del Instinto de Supervivencia o el Depresor del Impulso Antisocial se han probado especialmente efectivos. Es por ello por lo que deseo agradecer en nombre del Estado su contribución significativa al Irrevocable Avance del Crecimiento Eficiente, y por ello le declaro oficialmente un Ciudadano Extraordinariamente Útil para el Sistema, el máximo mérito individual que un ciudadano puede obtener durante su trayectoria vital.

– No encuentro palabras para agradecer… – respondió S. antes de que el Líder lo interrumpiera con un gesto.

– Sin embargo – añadió Iordanescu – también debo comunicarle que, debido a su cuadragésimo aniversario, debemos gestionar inmediatamente su proceso de Obsolescencia, de acuerdo a los Protocolos Extraordinarios de Muestreo Generacional.

– Líder Iordanescu, si me permite – respondió un sorprendido S. – debe tratarse de un error. Mi Obsolescencia, como la de cada ciudadano del Estado, ocurrirá dentro de veinte años. Creo que sus datos no son los correctos. Jamás he oído hablar de esos Protocolos en mi Formación Obligatoria.

– S-00013452, los errores no existen. – respondió Iordanescu con voz calmada – A pesar de que se les educa con la idea de que los sesenta años marcan el proceso de Obsolescencia, la realidad es que dicho proceso se realiza veinte años antes en algunos casos. A veces, el Sistema necesita realizar comprobaciones rutinarias de eficiencia de cada generación, y son necesarias tomas de muestra de calidad, con el fin de mejorar las siguientes generaciones de ciudadanos. En su caso, usted forma parte del programa de comprobación de la generación S, por lo que su sacrificio se adelantará ligeramente. Todo esto es necesario para la Mejora de la Eficiencia. ¿Comprende mis palabras?

En el cerebro diseñado y programado de S. comenzaron a saltar señales cognitivas de alarma. Algo en toda esta verborrea incesante de Iordanescu guardaba inconsistencias lógicas. Su sistema nervioso activó mecanismos subconscientes que S. jamás había activado, el ansia primordial por mantenerse vivo, la base de la existencia de cualquier ser vivo. El miedo. La indignación. La furia. Reacciones Emocionales Socialmente Inaceptables, instintos que jamás había experimentado, y para los que no estaba preparado. Impulsos que iban creciendo en intensidad a medida que el ritmo de su corazón se aceleraba. Comenzó a musitar primero, a balbucear después, y, finalmente, a elevar la voz hasta convertirla en alaridos impropios de un Buen Ciudadano. “¡Improcedente! ¡Los líderes muestran un Comportamiento Socialmente Inaceptable! ¡Exijo una revisión inmediata del caso!”.

Al otro lado de la pantalla, Iordanescu mostraba una mueca sardónica.

– Por favor, ciudadano S-00013452, no se avergüence más con sus Actitudes Socialmente Inaceptables. Le recuerdo la máxima del Principio de Disciplina y Buen Comportamiento: “la Violencia y la Discusión Son Contraproducentes para el Desarrollo Óptimo de la Sociedad”. Ahora, si es tan amable, haga el favor de serenar sus estímulos incívicos mientras procedemos a la toma de muestras.

Mientras S. discutía desesperadamente con el terminal, de forma inadvertida para él, el arcón se abrió lenta y silenciosamente. Un ser pálido, de estatura mucho más elevada que S. se incorporó ante él. Su cuerpo ajado apestaba a la tierra mohosa, contenida en el arcón desvencijado, de la que acababa de emerger.

Las regiones más adormecidas del subconsciente del ciudadano S-00013452 inundaron de sensaciones su consciencia. Sensaciones primarias, intensamente irracionales. Segundos atrás, S. había experimentado el miedo a morir, el instinto de supervivencia. Ahora, pudo sentir en todo su ser el terror y la desesperación de quien se encuentra ante la certeza de un fin horrible.

 Su instinto le empujó a intentar huir de nuevo por las puertas de bronce, que se habían cerrado herméticamente. Mientras golpeaba inútilmente el metal y chillaba pidiendo ayuda a los ciudadanos del exterior, la criatura se acercó más y más a S. y sonrió, complacido, al acercar su boca al oído de la paralizada presa.

– Eudokia – susurró, y el cerebro de S. se embriagó de felicidad mientras el depredador pálido hundía los colmillos en su cuello.

 

δ

– Echo de menos la excitación de los viejos tiempos. El terror, la caza… son cosas que siempre añoro cuando veo a estos seres patéticos. Las reacciones de estos semihumanos son tan blandas, tan previsibles… Algunas veces ni siquiera se aterrorizan. La sangre, como ya sabes, Catalin, sólo es la mitad de la diversión – dijo Vladimir Ardelean, Jerarca del Sector Noroeste C-0134, a su colega al otro lado del terminal.

– Es lo que hay, Vladimir, contrataste un paquete básico. – respondió Catalin con la desgana de quien ha escuchado lo mismo muchas veces – Al menos ya no tenemos que preocuparnos por las antorchas, ¿verdad? En cualquier caso, hemos reducido los niveles de pasividad en las próximas generaciones: seguramente para la generación Y podrás notar los cambios. En unos días podemos prepararte una prueba, si lo deseas.

Y así, la tarde cayó un día más sobre el Sector Noroeste, mientras los ciudadanos seguían con sus rutinas eficientes, productivas y exhaustivamente planificadas por el Bien Común y En Beneficio de Todos, mientras los parásitos disfrutaban, una noche más, de la tranquilidad absoluta de quien se sabe dueño de todo. Como debía ser. Como siempre había sido.

DESARROLLO EFICIENTE – versión definitiva

ABDUCCIÓN

Se desperezó y salió de su camastro en dirección a la sala común. Las criaturas que lo secuestraron de niño y lo esclavizaron de por vida ya estaban allí. Se acercó a su bandeja y una de aquellas gigantescas y repulsivas formas de vida le sirvió su ración: un compuesto alimenticio seco y nada atractivo, insípido, pero nutritivo. Su maná. Mientras comía, una de las criaturas se acercó de forma lenta y ruidosa para atraparlo con su extraña mano: lo vio, y corrió a esconderse, a escapar. No le gustaba cuando conseguían cogerlo: le humillaban, lo tocaban sin su permiso en sitios donde no le gustaba que lo hicieran. Era algo malo, él lo sabía, aunque nadie se lo había dicho.

Su vida se había convertido en un infierno desde el día maldito en el que, siendo aún un niño inocente y travieso, una de esas cosas grotescas lo capturó. Aún recordaba las sensaciones: la alegría de ese paseo por la arboleda con su madre y sus hermanos bajo el sol de la mañana recién empezada. Las gotas de rocío helado brillando en las agujas de los pinos al salir de su casa en medio de la naturaleza. Los paseos cercanos al río, en busca de algo que pescar, o de libélulas que perseguir con sus hermanos. La sensación de poder, de independencia, de pertenencia. Saber que esa es tu casa y que nada puede hacerte daño, porque conoces todo y todo es tuyo, te pertenece y perteneces al todo. Y entonces vio a la criatura acercándose.

No se parecía a nada que hubiera visto antes. Era anormalmente alta y corpulenta, y se desplazaba por el suelo de una forma similar a las aves. Llevaba los pies y el cuerpo cubiertos de una especie de piel de tacto extraño, irregular en forma y en color, distribuida de forma completamente caótica a lo largo y ancho de su ciclópeo organismo. Carecía prácticamente de pelo, salvo una mata anormalmente larga que crecía en el espacio que había entre las orejas, redondas como las de los ratones, pero demasiado rígidas y separadas entre sí. Su olor pestilente no se correspondía con nada de lo que él había conocido en su corta vida.

Elevando la mirada, pudo adivinar la parte más horrible de su figura con más detalle. La criatura poseía una especie de cabeza en lo más alto de su anatomía, separada del cuerpo por un largo y fino cuello. Su cara era anormalmente plana y redonda; sus ojos, grandes, pero de pupilas pequeñas, y de un color apagado, sus órbitas brillaban con un color azul plateado. Sus labios morados se retorcían en rápidas muecas improbables, imposibles de hacer por nada de este mundo que el pobre niño conociera.

La criatura (con el tiempo comenzó a distinguirlos y supo que era una hembra joven de la especie) se le acercó emitiendo unos sordos chillidos agudos. Con los años, se arrepentiría casi a diario de no haber huido en ese preciso momento a algunos de los escondites que tenía en los alrededores, o de no haber pedido ayuda. Pero el miedo y el asombro lo tenían paralizado, mirando hacia arriba, hacia esos ojos de órbitas metálicas y esos labios grotescos, esos esfínteres morados que se retorcían y retorcían en curvas imposibles, que se abrían y cerraban emitiendo sonidos ininteligibles. Ni siquiera pudo llegar a moverse cuando la criatura lo atrapó con una de sus gigantescas manos, tan grandes como todo su cuerpo, con los dedos extendidos en todo su perímetro como las ramificaciones de una raíz.

Lo llevaron a un artilugio metálico enorme, de vivos colores, y lo arrojaron a su interior. Aquel cacharro hacía un ruido infernal mientras se desplazaba a una velocidad enorme. Se acurrucó en el suelo del habitáculo escondido bajo uno de los gigantescos asientos, gimiendo y llorando por su infancia arrancada, por el miedo, por la desesperación de la soledad, por el desarraigo forzado. Por su madre y sus hermanos, a los que nunca volvería a ver, salvo en sueños, aunque eso aún no lo sabía. Ahora era un esclavo.

Las criaturas experimentaron con él. Lo marcaron. Lo castraron. Le administraron drogas. Le instalaron implantes en su cuerpo. Lo debilitaron. Lo encerraron. Lo alimentaron día a día con algo que no procedía de nada que él conociera y que sabía a rayos, pero que lo mantenía vivo. A veces, su cuerpo lo rechazaba, y las criaturas volvían a experimentar con él, volvían a inyectarle sustancias, y en ocasiones, le daban algo de carne de dudosa procedencia y otros alimentos similares.

Durante los primeros meses, estaba demasiado asustado para hacer nada más que permanecer entre las paredes del refugio en el que convivía (a falta de otra palabra mejor) con sus secuestradores. Salvo por los experimentos médicos, no parecían mantener por él mucho más que un interés casual que se fue diluyendo progresivamente con el tiempo. Al principio resultaba muy agobiante (la humillación de ser utilizado como una marioneta contra su voluntad era lo peor de todo), pero, poco a poco, parecieron perder el interés. Con el tiempo, decidió escapar: sus captores, conocedores de que había desarrollado un cierto pánico a abandonar el habitáculo, le permitían en ocasiones ciertas libertades en su perímetro. Pronto descubrió que esa libertad también era ilusoria: a la barrera que separaba el habitáculo de su perímetro, le seguía otra que lo separaba del exterior, permanentemente cerrada a él. Y más allá, ¡quién sabe! Desde las ventanas del habitáculo sólo podía verse un mar de edificios rectos y grises, que apuntaban al cielo y se extendían más allá del horizonte. Su mundo y sus esperanzas de libertad ya habían quedado demasiado lejos. Ahora les pertenecía.

Por la noche soñaba con sus seres queridos. Con su madre, protectora e independiente. Con sus hermanos, malencarados y cariñosos. Con sus paseos por el bosque brillante de rocío, jugando sin parar, viendo a su madre pescar con las manos, persiguiendo mariposas, jugando con sus hermanitos. Disfrutando de la vida. Pero el niño se hizo adulto, y toda su esencia quedó anulada, salvo en esos largas pausas en las que sus amos lo ignoraban – realmente, nunca entendió por qué lo capturaron: en conjunto, no parecía haber otra intención en su captura que el hecho de apresarlo y mantenerlo prisionero, y no tenía ningún tipo de tarea en el habitáculo ni en la sociedad de sus captores, más allá de servir de juguete accidental -. Era en esas pausas en las que dormía y volvía a ser él, el niño.

Y era en esas ocasiones, al recordar la pérdida y la humillación, en las que se decidía a atacar a sus captores. Sí, eran demasiado altos y fuertes para él, pero su cólera, su indignación, eran incontrolables. Y sí, siempre acababa mal. La mayor  parte de las veces, las criaturas emitían sonidos de advertencia. Si era lo suficientemente insistente, podían llegar al castigo físico. En algunas ocasiones lo llevaron a una sala de aislamiento, donde lo mantuvieron a oscuras durante demasiado tiempo. Solo, en silencio, sólo él y sus miedos.

Un día, descubrió que había otros de su especie. Los veía por la ventana, ocultándose en los rincones de las inmensas columnas grises donde vivían las criaturas. Parecían haber escapado, y, tras un tiempo, vio con sorpresa que algunos de ellos tenían sus propios niños, pequeños seres libres en un mundo de esclavos y fugitivos. Los miraba y les deseaba lo mejor en secreto, con una punzada de dolor por la certeza de que él jamás podría tener descendencia. En algunas ocasiones, alguno de sus congéneres era descubierto y atrapado, y desaparecía para siempre, porque este mundo no albergaba ninguna esperanza para aquellos que no pertenecían a él.

Con el tiempo, finalmente, se resignó. Perdió sus ansias de libertad y se acomodó. Al fin y al cabo, disponía de alimento y cobijo; sus captores, aunque molestos a veces, no solían prestarle demasiada atención, y, con el tiempo, comenzó a ver ese habitáculo gris como su casa, su mundo, su dominio. Empezó a tolerar y a desarrollar cierto cariño hacia los seres que habían roto su vida en pedazos, y comenzó a acompañarlos en sus actividades en el habitáculo. Comenzó a quererlos, a relativizar el hecho de su vida arrancada de raíz, de los experimentos científicos, de su aislamiento. Se acercó a ellos y les agradeció haber vendido su dignidad e identidad por un plato de comida repulsiva al día.

“Miau”, dijo

“Oh, qué lindo”, respondió la hembra joven

ABDUCCIÓN

Los Ojos de su Madre

La presa se debatía furiosamente y chillaba pidiendo ayuda, una de sus patas atrapadas en una de las trampas que Joe había dispuesto por el bosque. El joven se acercó ocultándose entre los abetos nevados con una pequeña hachuela en la mano y asestó un golpe seco y plano en la base del cráneo de la criatura atrapada: todo acabó asombrosamente rápido. A partir de ese momento, todo era trabajo, mientras Joe llevaba el cuerpo inconsciente pero vivo de su presa hacia la cabaña.

Una vez en los alrededores de su hogar, Joe remató a la pieza y colgó el cadáver en el gancho del porche. Después, realizó varios cortes profundos para que la sangre comenzara a salir hacia un sucio cuenco de latón. A pesar de que llevar la pesada criatura de vuelta a la cabaña le había costado prácticamente todo el día, la carne y la sangre les duraría varias semanas, así que la jornada había sido realmente productiva. Mientras el líquido rojo goteaba hacia el recipiente, encendió la chimenea. Después, se acercó a la alacena y sacó una botella de aguardiente para contemplar el atardecer desde el banco del exterior de la cabaña, mientras su cabeza volvía, como todos los días, al recuerdo de Mary, su Mary.

Había pasado un año ya.

Su mente se transportó a sus diecisiete años mientras tomaba un largo trago de la botella del líquido, que ardía en su garganta. Recordó ese día cuando, al contemplar su joven cara, el mundo cambió de color por un instante, y el resplandor que lo sobrecogió hasta casi derribarlo cuando, por un instante fugaz, ella lo miró con su sonrisa pícara y sus enormes y resplandecientes ojos verdes.

Sus preciosos ojos. Ella tiene los ojos de su madre.

Mary siempre fue su primera, su única, en todo. La primera y única en volver su mundo del revés con su primera sonrisa, con su primera mirada – tiene los ojos de su madre – con esos ojos tan verdes como las hojas de los juncos al atardecer. Fue su primer beso, la primera y única en dar y recibir su amor en el roce de sus labios, en su mirada, en sus abrazos, sus cuerpos entrelazados en uno. La primera y única – y siempre lo sería – en compartir sus sábanas, intercambiando risas, conversaciones eternas, jadeos, confidencias. Su primer gran amor. Su único amor.

Hasta que sus padres se la llevaron de la ciudad, más allá de las fronteras a tierras más soleadas, con su jodida congregación de tarados. Ella se fugó con él y, por primera vez, ellos huyeron para nunca ser encontrados, a esta misma cabaña en medio de la nada en la que Joe maceraba sus recuerdos en alcohol en una tarde de Diciembre que estaba a punto de desvanecerse con las primeras estrellas. Jamás debió dejar que ella intentara convencer a sus padres. Su único y primer amor. Su gran y perdido amor. Hacía un año ya, y no podía entender la vida sin ella. Pero aún era pronto para que volvieran a reunirse, aún debía cuidar un poco más de su recuerdo, tal y como le prometió años después, cuando regresó del Sur.

El cuenco ya estaba lleno y había que preparar la presa antes de que comenzara a corromperse. Joe ahogó sus lágrimas en un largo trago de licor, cogió el cuchillo afilado, el hacha, y comenzó a destripar, despellejar y descuartizar la pieza. Cuando terminó, la Luna mostraba su vientre hinchado y luminoso en mitad de la noche. Un vientre tan hinchado como el de Mary, su Mary, el día que apareció, sucia y magullada, en la puerta de su casa, en medio de la noche. El día que volvió a él, huyendo de todo. Hacía un año ya, y no podía soportar un minuto más así. Decidió tomarse un descanso en la tarea y apurar unos tragos más de la botella que reposaba en el banco para ahogar de una vez las pesadillas de esa noche. Cuando el líquido entró por su garganta empezaba a hacer realmente frío en el bosque, y el fuego de la cabaña resultaba tremendamente tentador. Pero había aún trabajo que hacer. Tambaleante, comenzó a terminar el trabajo.

Mary apareció en la puerta de su casa, débil y embarazada de varios meses, en mitad de una noche del final del verano. Su líder espiritual, ese demonio, había estado abusando de ella salvajemente, con la aprobación de sus padres, que la entregaron a él como un honor. Mary, su Mary, aún lloraba sin parar durante horas cada vez que recordaba cómo aquel monstruo, aquel ser inhumano, abusaba de ella de formas inimaginables. Cuando se supo que estaba embarazada, la congregación la mantuvo recluida esperando el nacimiento del vástago de su líder, el elegido de su culto. Encerrada y desesperada, tratada como ganado, consiguió escaparse tras semanas de cautiverio, y, tras viajar como pudo durante días y noches, llegó a la puerta de Joe. Su Joe. Ella no tenía a nadie más. Y él tampoco. Eran, de nuevo, sólo ella y él.

Esa misma noche, en mitad de la noche, Joe y Mary huyeron en la oscuridad de la ciudad, a centenares de kilómetros de distancia, hasta llegar de nuevo a la cabaña que el difunto padre de Joe había comprado en medio de las montañas años atrás para sus salidas de caza. Lejos de todo, sin más comodidades que unos muebles viejos pero robustos, una cálida chimenea, una pequeña biblioteca, y una cocina bien equipada. No hacía falta más. Los meses siguientes fueron, sin ninguna duda, los más felices de sus vidas, a pesar de que, a medida que el embarazo de Mary avanzaba, su salud decaía poco a poco. Pero fueron meses llenos de esperanza, en los que olvidaron poco a poco la persecución de los padres de ella, y en los que ambos se prepararon para soportar los trances de un parto sin ninguna ayuda, sólo ellos dos.

La inocencia fue su peor error.

Mary estaba realmente débil cuando sintió que el parto estaba comenzando. Ambos hicieron todo lo que estaba en su mano, pero, tras largas horas de agonía, una pequeña criatura amoratada e inerte salió del debilitado cuerpo de Mary, su Mary. Cuando Joe volvió su mirada hacia ella, no quedaba nada de su Mary allí: un cuerpo inmóvil, sus ojos vueltos hacia atrás, su rostro desencajado en una mueca de sufrimiento eterno, congelado en el instante en el que entregó los últimos restos de su vida y su conciencia en su último impulso a la vida que acababa de venir al mundo, su último acto de amor. Un nuevo ser que, de improviso, abrió sus enormes y brillantes ojos verdes. Los ojos de su madre. Probablemente, lo único que quedaba de ella en este mundo.

Joe dejó la botella, ya vacía, y se acercó dando tumbos al cuerpo parcialmente descuartizado. Hacía ya un año, precisamente hoy. Un año ya que Mary, su Mary, los había dejado, que Joe había tenido que hacer de padre de una criatura que no era nada suyo. Pensó en matarlo en varias ocasiones, en poner un fin rápido a todo y reunirse con su Mary, pero con el tiempo se dio cuenta de que no era capaz de hacerlo. Además, su padre lo estaría buscando aún. Su única alternativa era mantenerse ocultos en la cabaña, en medio de la nada, a la espera de un mejor plan. Y así había pasado ya un año.

Partió varios pedazos de la presa y los combinó con varias hierbas silvestres en la cazuela de la chimenea. Después, cogió el cuenco de latón lleno de sangre y se acercó tambaleante al cobertizo, su revólver en la otra mano. Abrió la puerta del cobertizo y deslizó el cuenco al interior, apuntando a la oscuridad.

Una masa informe de color gris azulado apareció de la oscuridad del cobertizo y se acercó al cuenco de latón mientras Joe amartillaba el revólver. No tenía extremidades ni miembros distinguibles salvo una miríada de diminutas protuberancias con las que la criatura se desplazaba, y varias docenas de ojos de un verde intenso, desprovistos completamente de inteligencia, distribuidos caóticamente por toda su anatomía. Los ojos de su madre.

La criatura comenzó a sorber ruidosamente la sangre del cuenco mientras Joe cerraba la puerta del cobertizo. Un año ya. No sabría decir lo que pasaría en el futuro: quizás finalmente tendría la suerte de hallar una forma de acabar con el ser y con su propio sufrimiento antes de que aparecieran sus seguidores. Quizás hubiera así una esperanza de hallar la paz.

Los Ojos de su Madre

Espada de Elfo

Bill Espada de Elfo limpió el líquido negruzco que manchaba la hoja de su arma en el cadáver del troll. Había sido una noche realmente dura.

El primero cayó fácilmente en la emboscada, según el plan. Un virote de ballesta en la sien cuando la mole se irguió al salir de su cueva, y una acometida posterior por la espalda para rematarlo, hicieron el trabajo rápido y eficiente: para eso Bill era uno de los cazadores de bestias más solicitados de todo Rhudaur. Pero Bill no había previsto el segundo troll. Nadie había dicho nada de un segundo troll.

Y, además, este fue un adversario digno de un buen relato de taberna en toda la cuenca del Fontegrís. La criatura era ligeramente más pequeña de lo que se suele ver en las Landas de Etten en lo que a trolls se refiere, pero era tan fiero como un león de montaña acorralado. Y además era jodidamente listo. Atacó en silencio, con instinto depredador, desde una galería lateral, mientras Bill buscaba entre los desperdicios algo que vender al buhonero. Si el arma que encontró en aquel viejo túmulo no hubiera cosquilleado en su mano, Espada de Elfo estaría calentando las tripas de su enemigo.

Ambos pelearon de forma desesperada, en un espacio mínimo, las garras y la hoja de metal sacando chispas de las paredes de la cueva, los dos luchadores gritando como animales salvajes, presas del pánico y la furia, hasta que el metal élfico hizo manar la sangre negruzca del cuello pétreo y gris. La bestia tapó la herida con su garra izquierda mientras retrocedía por la galería, esquivando y contraatacando con su derecha, incapaz de detener los ataques de la espada. Finalmente cayó, su torso y sus piernas heridas y sangrantes, y Bill atravesó su corazón con su hoja.
El cazador se recostó en la pared de la cueva y se deslizó hacia el suelo respirando trabajosamente, dejando que la humedad de la pared lo refrescara. Unos metros atrás, su escudo destrozado y los jirones arrancados de su cota de malla daban prueba de la dureza de la contienda. Una profunda herida del hombro al codo teñía su tabardo de rojo. El resto de ataques del troll parecían no revestir gravedad, aunque tendría que acabar con sus reservas de licor para aliviar sus dolores, y probablemente se despertaría cubierto de moratones. Su espalda le recordaba que quizás había ido mala idea rechazar el trabajo de ayudante del molino del viejo Wat. Pero tenía dos cabezas para el patricio Aglarân en el Ángulo, y sus ovejas tendrían una zona de pasto libre de amenazas por un tiempo. Además, Bill había ganado una historia que le valdría una buena cantidad de rondas, y una recompensa que le permitiría tener posada, comida, y las atenciones de Hilo de Plata durante todo el invierno.

De repente, le sorprendió el torpe anadeo de una figura afanándose por salir de la cueva. Tenía el tamaño de un enano, y se movía torpemente de lado a lado de la galería. Al llegar a la zona iluminada, Bill se sobresaltó al ver su piel gris y sus enormes ojos lechosos con pupilas negras profundas como los lagos subterráneos. El bebé troll se acercó al cuerpo cubierto de heridas de su madre buscando su calor e intentando despertarla. Tras unos tensos instantes, se acurrucó junto al cuerpo de su madre muerta y emitió un penoso llanto agudo que hizo latir la cabeza de Bill Espada de Elfo.

Las tres cabezas de troll rebotaban rítmicamente en la grupa de Camarada mientras Bill el cazador de trolls silbaba una tonada procaz. Espada de Elfo tendría un buen invierno, y, ¡quién sabe! quizás alguno de los ricos de la zona tuviera una recompensa digna del contrato de propiedad de Hilo de Plata antes del fin del otoño.

Espada de Elfo

PUNTO DE VISTA (fragmento)

– Ante todo, debes tener en cuenta que todas las teorías que vuestra civilización acepta sobre el universo, su origen, las leyes que gobiernan lo que existe, y en general casi todo lo que consideráis axiomas acerca de la existencia y el destino de la vida, son vistas por nosotros de la misma forma que vosotros veríais las disertaciones de un filósofo o un sacerdote de la edad antigua, todos esos que se dedicaban a discutir sobre lo mismo dos mil quinientos años atrás. Y para nosotros, a la vez, todas poseen elementos que las hacen irrefutables en su contexto.

“¿Qué pensarías si te dijera que 3.000 años atrás la tierra era plana y estaba rodeada por un océano inmenso que la delimitaba por todos los sitios? En esa época, el sol y la luna no eran sino carros brillantes conducidos por dioses, que marcaban el paso de las horas y los días. Existían estaciones, simplemente porque a cierto dios con tendencias antisociales un día se le ocurrió secuestrar a la hija de la diosa de la agricultura para que le hiciera compañía en su mansión de las afueras. Y todo era real, y aceptado… O más bien, era real porque era aceptado, y lo fue hasta que la gente cambió de opinión.”

“La realidad cambió gradualmente porque la humanidad, simplemente, decidió creer en otra cosa. Las brujas y los demonios poblaban los bosques y las zonas poco transitadas en la Edad Media en Europa, hasta que fueron exterminados por las mismas personas que las crearon para alimentar la fe en sus creencias, fe a la que por otra parte dieron la espalda gradualmente, matando a sus dioses en el proceso. Los aventureros que partieron hacia el Oeste en el Renacimiento fueron capaces de crear todo un mundo paralelo listo para ser dominado, y lo poblaron de todo aquello que necesitaban: desde indígenas incautos que se dejaban estafar en el intercambio de bienes, hasta un catálogo completo de nuevos alimentos prodigiosamente energéticos, con los que acabar con la hambruna que asolaba algunas partes de Europa. Incluso crearon poderosos imperios que derrotar: donde un comerciante como Colón encontró indios que se pirraban por las baratijas de cristal, herederos de la Reconquista como Pizarro y Cortés encontraron poderosos enemigos listos para el saqueo y la gloria. ¡Por no hablar de los lugares legendarios! ¿Y las riquezas? ¿No te parece curioso que, durante los años de la colonización de América, siempre surgieran montones de recursos valiosísimos dispuestos a ser recogidos por cualquiera lo suficientemente osado para emprender la aventura?”

“Los humanos hemos creado y matado dioses, dragones, monstruos, seres de una belleza sin par, planetas y estrellas, materia y energía. Entre todos, hacemos que lo que un día es imposible, misterioso o desconocido, al año siguiente simplemente es. Y todo eso lo logramos gracias al consenso, que es la fuerza primordial en resumen. Primero imaginando, después creyendo, y finalmente aceptando que es real. Nuestra consciencia colectiva es el verdadero motor universal. Nuestra capacidad de creernos lo que nuestras mentes inventan, el Creador. Y ¡por supuesto que todas vuestras creencias en el momento actual sobre todo lo que existe son correctas! Nada puede viajar más rápido que la luz, ni a través del tiempo… Al menos, hasta que haya un consenso que lo modifique. Pero para eso aún tendrán que pasar décadas.”

– Tío, si no estuviera totalmente puesto te diría que estás como una cabra.

Jurgaghan S. Arslan, viajero temporal y pionero científico de un mundo al borde del colapso, respiró aliviado.

– Es totalmente necesario que sea así, Charles. De ello depende mi propia existencia en este momento.

 

PUNTO DE VISTA (fragmento)

Elegido

Desde pequeño, él sabía que estaba destinado a algo grande. No era como los demás: él era más listo, más único, más importante. Se había educado con historias de dragones y reyes, de misteriosos magos y espadas encantadas, héroes y princesas, mientras los chicos de su edad aún tenían problemas para juntar la eme con la a. Conocía las historias de reinos antiguos, plagados de tesoros y leyendas; sabía el nombre y el comportamiento de los animales y plantas de su alrededor; era bello, fuerte, bueno. Era el chico perfecto.

Su destino, predijo, le llegaría en el momento menos esperado, así que empleó su tiempo en prepararse para la tarea. Ejercitó su cuerpo y su mente, aprendió varios idiomas y absorbió cualquier conocimiento que considerara útil en sus futuribles. Se convirtió en un atleta, ducho en la pelea, si bien todas esas artes eran de escasa trascendencia en su mundo civilizado. Pero él insistió: nunca se podía saber la tarea que su destino heroico le tenía reservado.

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Cuando cumplió los treinta ya había abandonado toda esperanza, su futuro truncado por montones de conocimientos y vivencias inútiles en su tiempo y lugar. Optó por dejarse ir: las sustancias que aquel hombre de tez morena le proporcionaba le hacían creer de nuevo en mundos de fantasía, en empresas heroicas y gestas por resolver, al menos por unas horas. Alguna vez acabó visitando el psiquiátrico porque sus visiones se le iban un tanto de las manos. Comenzó a experimentar temblores en sus extremidades por los daños neurológicos, pero seguía forzando su organismo por esos instantes en los que todo parecía tener sentido para él. Perdió su trabajo en la pizzería, y con ello su casa, sus bienes.

El cáncer le alcanzó pasados los treinta y cinco. Demasiado alcohol, demasiados fármacos, demasiada dieta basura: su hígado estaba a punto de reventar. Sólo dos meses más, unos días después de su treinta y seis cumpleaños. Se le había escapado la vida por creer en cuentos de hadas. ¡Qué estúpido!¡Qué absurdo! ¡Qué desperdicio!

Entonces apareció aquel jodido elfo con la espada y la corona.

Elegido