Los Ojos de su Madre

La presa se debatía furiosamente y chillaba pidiendo ayuda, una de sus patas atrapadas en una de las trampas que Joe había dispuesto por el bosque. El joven se acercó ocultándose entre los abetos nevados con una pequeña hachuela en la mano y asestó un golpe seco y plano en la base del cráneo de la criatura atrapada: todo acabó asombrosamente rápido. A partir de ese momento, todo era trabajo, mientras Joe llevaba el cuerpo inconsciente pero vivo de su presa hacia la cabaña.

Una vez en los alrededores de su hogar, Joe remató a la pieza y colgó el cadáver en el gancho del porche. Después, realizó varios cortes profundos para que la sangre comenzara a salir hacia un sucio cuenco de latón. A pesar de que llevar la pesada criatura de vuelta a la cabaña le había costado prácticamente todo el día, la carne y la sangre les duraría varias semanas, así que la jornada había sido realmente productiva. Mientras el líquido rojo goteaba hacia el recipiente, encendió la chimenea. Después, se acercó a la alacena y sacó una botella de aguardiente para contemplar el atardecer desde el banco del exterior de la cabaña, mientras su cabeza volvía, como todos los días, al recuerdo de Mary, su Mary.

Había pasado un año ya.

Su mente se transportó a sus diecisiete años mientras tomaba un largo trago de la botella del líquido, que ardía en su garganta. Recordó ese día cuando, al contemplar su joven cara, el mundo cambió de color por un instante, y el resplandor que lo sobrecogió hasta casi derribarlo cuando, por un instante fugaz, ella lo miró con su sonrisa pícara y sus enormes y resplandecientes ojos verdes.

Sus preciosos ojos. Ella tiene los ojos de su madre.

Mary siempre fue su primera, su única, en todo. La primera y única en volver su mundo del revés con su primera sonrisa, con su primera mirada – tiene los ojos de su madre – con esos ojos tan verdes como las hojas de los juncos al atardecer. Fue su primer beso, la primera y única en dar y recibir su amor en el roce de sus labios, en su mirada, en sus abrazos, sus cuerpos entrelazados en uno. La primera y única – y siempre lo sería – en compartir sus sábanas, intercambiando risas, conversaciones eternas, jadeos, confidencias. Su primer gran amor. Su único amor.

Hasta que sus padres se la llevaron de la ciudad, más allá de las fronteras a tierras más soleadas, con su jodida congregación de tarados. Ella se fugó con él y, por primera vez, ellos huyeron para nunca ser encontrados, a esta misma cabaña en medio de la nada en la que Joe maceraba sus recuerdos en alcohol en una tarde de Diciembre que estaba a punto de desvanecerse con las primeras estrellas. Jamás debió dejar que ella intentara convencer a sus padres. Su único y primer amor. Su gran y perdido amor. Hacía un año ya, y no podía entender la vida sin ella. Pero aún era pronto para que volvieran a reunirse, aún debía cuidar un poco más de su recuerdo, tal y como le prometió años después, cuando regresó del Sur.

El cuenco ya estaba lleno y había que preparar la presa antes de que comenzara a corromperse. Joe ahogó sus lágrimas en un largo trago de licor, cogió el cuchillo afilado, el hacha, y comenzó a destripar, despellejar y descuartizar la pieza. Cuando terminó, la Luna mostraba su vientre hinchado y luminoso en mitad de la noche. Un vientre tan hinchado como el de Mary, su Mary, el día que apareció, sucia y magullada, en la puerta de su casa, en medio de la noche. El día que volvió a él, huyendo de todo. Hacía un año ya, y no podía soportar un minuto más así. Decidió tomarse un descanso en la tarea y apurar unos tragos más de la botella que reposaba en el banco para ahogar de una vez las pesadillas de esa noche. Cuando el líquido entró por su garganta empezaba a hacer realmente frío en el bosque, y el fuego de la cabaña resultaba tremendamente tentador. Pero había aún trabajo que hacer. Tambaleante, comenzó a terminar el trabajo.

Mary apareció en la puerta de su casa, débil y embarazada de varios meses, en mitad de una noche del final del verano. Su líder espiritual, ese demonio, había estado abusando de ella salvajemente, con la aprobación de sus padres, que la entregaron a él como un honor. Mary, su Mary, aún lloraba sin parar durante horas cada vez que recordaba cómo aquel monstruo, aquel ser inhumano, abusaba de ella de formas inimaginables. Cuando se supo que estaba embarazada, la congregación la mantuvo recluida esperando el nacimiento del vástago de su líder, el elegido de su culto. Encerrada y desesperada, tratada como ganado, consiguió escaparse tras semanas de cautiverio, y, tras viajar como pudo durante días y noches, llegó a la puerta de Joe. Su Joe. Ella no tenía a nadie más. Y él tampoco. Eran, de nuevo, sólo ella y él.

Esa misma noche, en mitad de la noche, Joe y Mary huyeron en la oscuridad de la ciudad, a centenares de kilómetros de distancia, hasta llegar de nuevo a la cabaña que el difunto padre de Joe había comprado en medio de las montañas años atrás para sus salidas de caza. Lejos de todo, sin más comodidades que unos muebles viejos pero robustos, una cálida chimenea, una pequeña biblioteca, y una cocina bien equipada. No hacía falta más. Los meses siguientes fueron, sin ninguna duda, los más felices de sus vidas, a pesar de que, a medida que el embarazo de Mary avanzaba, su salud decaía poco a poco. Pero fueron meses llenos de esperanza, en los que olvidaron poco a poco la persecución de los padres de ella, y en los que ambos se prepararon para soportar los trances de un parto sin ninguna ayuda, sólo ellos dos.

La inocencia fue su peor error.

Mary estaba realmente débil cuando sintió que el parto estaba comenzando. Ambos hicieron todo lo que estaba en su mano, pero, tras largas horas de agonía, una pequeña criatura amoratada e inerte salió del debilitado cuerpo de Mary, su Mary. Cuando Joe volvió su mirada hacia ella, no quedaba nada de su Mary allí: un cuerpo inmóvil, sus ojos vueltos hacia atrás, su rostro desencajado en una mueca de sufrimiento eterno, congelado en el instante en el que entregó los últimos restos de su vida y su conciencia en su último impulso a la vida que acababa de venir al mundo, su último acto de amor. Un nuevo ser que, de improviso, abrió sus enormes y brillantes ojos verdes. Los ojos de su madre. Probablemente, lo único que quedaba de ella en este mundo.

Joe dejó la botella, ya vacía, y se acercó dando tumbos al cuerpo parcialmente descuartizado. Hacía ya un año, precisamente hoy. Un año ya que Mary, su Mary, los había dejado, que Joe había tenido que hacer de padre de una criatura que no era nada suyo. Pensó en matarlo en varias ocasiones, en poner un fin rápido a todo y reunirse con su Mary, pero con el tiempo se dio cuenta de que no era capaz de hacerlo. Además, su padre lo estaría buscando aún. Su única alternativa era mantenerse ocultos en la cabaña, en medio de la nada, a la espera de un mejor plan. Y así había pasado ya un año.

Partió varios pedazos de la presa y los combinó con varias hierbas silvestres en la cazuela de la chimenea. Después, cogió el cuenco de latón lleno de sangre y se acercó tambaleante al cobertizo, su revólver en la otra mano. Abrió la puerta del cobertizo y deslizó el cuenco al interior, apuntando a la oscuridad.

Una masa informe de color gris azulado apareció de la oscuridad del cobertizo y se acercó al cuenco de latón mientras Joe amartillaba el revólver. No tenía extremidades ni miembros distinguibles salvo una miríada de diminutas protuberancias con las que la criatura se desplazaba, y varias docenas de ojos de un verde intenso, desprovistos completamente de inteligencia, distribuidos caóticamente por toda su anatomía. Los ojos de su madre.

La criatura comenzó a sorber ruidosamente la sangre del cuenco mientras Joe cerraba la puerta del cobertizo. Un año ya. No sabría decir lo que pasaría en el futuro: quizás finalmente tendría la suerte de hallar una forma de acabar con el ser y con su propio sufrimiento antes de que aparecieran sus seguidores. Quizás hubiera así una esperanza de hallar la paz.

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